Los humedales: por qué estos «pantanos» valen tanto para el planeta
Es sorprendente cómo un lugar que tradicionalmente se ha percibido con aversión, por su asociación con mosquitos y barro, ha emergido como uno de los ecosistemas más valiosos del planeta. Los humedales, que por años fueron vistos con recelo, a menudo para ser desecados, se han revelado como guardianes invisibles, trabajando sin descanso y sin costo para beneficiar a la biosfera y a la humanidad.
Un humedal puede definirse de múltiples maneras. Se trata de terrenos donde el agua juega un papel primordial, permanente o temporal. En estos espacios, la vegetación y la fauna adaptada prosperan, incluyendo marismas, turberas, manglares, lagunas, llanuras de inundación y arrozales. Cada uno de estos tipos de humedales, aunque distintos, comparte una lógica común: el agua se queda, se mueve y teje una red de vida.
En España, la diversidad de humedales es notable. Doñana, en el suroeste, es una amalgama de marismas, dunas y lagunas. Las Tablas de Daimiel, en La Mancha, dependen de un equilibrio delicado entre los ríos Gigüela y Guadiana. El Delta del Ebro, vasto y expansivo, avanza lentamente hacia el Mediterráneo. Y en la alta montaña, se encuentran turberas pequeñas y ocultas, que a menudo pasan desapercibidas a los excursionistas.
Estos humedales no solo controlan el ciclo del agua, sino que también purifican y almacenan carbono. Al absorber y liberar el exceso de agua en épocas de lluvia intensa, previenen desastres y alimentan los ríos durante períodos de sequía. Además, actúan como esponjas, depurando la calidad del agua al filtrar nutrientes y partículas. La construcción de humedales artificiales en pequeñas poblaciones se basa en este principio, imitando la naturaleza.
Los humedales son también criaderos naturales. Anfibios, peces jóvenes, libélulas, nutrias, galápagos y garzas se reproducen y crecen en estos espacios. Los manglares, además, sirven como guarderías para numerosas especies de peces y crustáceos, impactando positivamente la pesca en zonas costeras. La vegetación, como los carrizos y eneas, ha desarrollado adaptaciones para sobrevivir en condiciones de encharcamiento, mientras que las plantas carnívoras de algunas turberas atrapan insectos para compensar la pobreza de nutrientes en suelos húmedos.
La variabilidad de los humedales, que se secan en verano y se llenan en otoño, es clave para su funcionamiento. Aunque a primera vista puedan parecer terrenos insalubres, en realidad están ajustados a un ciclo natural. La secación en verano no es un signo de deterioro, sino de un sistema que funciona como debe.
La percepción hacia los humedales ha cambiado significativamente con el tiempo. Durante gran parte del siglo XX, desecar lagunas era considerado progreso, ganando terreno cultivable y reduciendo la presencia de mosquitos. Sin embargo, se ha reconocido que buena parte de esta superficie desapareció y que su restauración es un proceso lento y costoso. Proyectos de restauración, como reabrir cauces y reponer vegetación, se están emprendiendo en distintos lugares del mundo, recuperando funciones esenciales y atraíendo de nuevo a las aves y anfibios.
En resumen, un humedal sano regula el ciclo del agua, purifica su calidad, almacena carbono y ofrece hábitat a una biodiversidad descomunal. Estos terrenos encharcados, a pesar de su apariencia tranquila, desempeñan un papel crucial en la sostenibilidad del planeta, actuando como infraestructura natural de primer orden. La percepción de los humedales como «pantanos» ha quedado obsoleta, subestimando de manera significativa su valor.