La costumbre de “pedir calaverita” en México es un testimonio vibrante de la evolución de la poesía popular local. Aunque para muchos es similar al Trick-or-Treat en Estados Unidos, esta práctica tiene sus raíces en dinámicas coloniales y prehispánicas que se transformaron con el tiempo. Más allá de ser solo una forma de pedir dulces, los himnos y versos que los niños entonan en las calles durante el 1 y 2 de noviembre sirven como un medio de cohesión social y juego lúdico a través de la música y la rima.
El origen histórico de esta tradición se entrelaza con leyendas prehispánicas y realidades socioeconómicas del periodo virreinal. Una versión popular cuenta la historia de un niño macehual, la clase trabajadora mexica, que, al quedar huérfano y carecer de recursos para montar el altar de sus padres, se pintó el rostro y salió a “calaverear”, recolectando fruta, pan y alimentos entre sus vecinos para su ofrenda.
Cuando transcurrieron siglos, durante la Colonia, la tradición tomó tintes de caridad funeraria: los hijos de peones e indígenas recorrían las calles con una vela encendida dentro de un chilacayote o calabaza tallada en forma de cráneo, pidiendo “una cera para la calavera”, mientras que las familias adineradas entregaban monedas o comida a los sirvientes para que rezaran por las almas de sus difuntos.