Durante sus momentos de mayor incertidumbre, Layla Tarhini encontraba refugio en las páginas de la novela histórica. Mientras los proyectiles asviaban a su comunidad, esta ciudadana libanesa de 32 años se sumergía en tramas desarrolladas en épocas pretéritas y geografías distantes. Su objetivo era escapar mentalmente a otro sitio y a otro momento, según relata desde el mostrador del establecimiento Philosophia. Las crónicas sobre los imperios persas medievales lograban calmar sus vigilias nocturnas. Obligada a abandonar su hogar en los barrios meridionales de Beirut, conocidos popularmente como Dahiye, la lectura la trasladaba hasta la actual Irán. No obstante, una vez restablecida una aparente normalidad, el conflicto bélico continúa latente en el entorno. En la vía donde se ubica el negocio, esto se manifiesta a través de la ruina material y, al igual que en el resto de la metrópoli, mediante el zumbido constante de los vehículos aéreos no tripulados israelíes.
A pesar de este contexto, al rebasar la entrada del local, la combinación de la climatización artificial con una pulcritud sobresaliente y un silencio absoluto transmite la sensación de acceder a un templo. El negocio Philosophia lleva siete años rindiendo culto a la lectura y a los textos, incluso bajo la adversidad de la guerra. Entre los volúmenes perfectamente ordenados en las repisas apenas se aprecia rastro de suciedad. Cada elemento que resistió a las hostilidades ha sido restituido a su ubicación original. En la zona de recepción se acumulan cajas repletas de publicaciones que aguardan su anhelado reencuentro con el público. Con todo, el establecimiento todavía intenta sobreponerse a la fuerte sacudida provocada por la campaña militar de Israel durante la pasada primavera. Evidencia de ello son algunas lámparas descolgadas, los restos de combustión en la planta superior y, de manera muy notable, la escasez de compradores.
Tras quince meses de tensión contenida con escaramuzas permanentes en el sur de la nación, las hostilidades a gran escala se reactivaron en todo el territorio el pasado 2 de marzo. A lo largo de mes y medio, las bombas del ejército israelí devastaron vidas, viviendas y acervos bibliográficos. Más de 4.350 personas perdieron la vida y otras 12.320 sufrieron lesiones a causa de los bombardeos aéreos, cuyas consecuencias aún resuenan en las demarcaciones orientales del país. Numerosos complejos residenciales han quedado reducidos a escombros, al igual que diversas infraestructuras de índole variada. Ahora que una tregua sumamente frágil posibilita la valoración de los estragos, el ámbito cultural ha alzado la voz en señal de advertencia. Hasta la fecha no se dispone de estadísticas oficiales a escala nacional sobre la cantidad de centros de lectura aniquilados, denuncia Hadi Bekdache, impulsor de la Red Nacional para la Protección de las Bibliotecas, los Archivos y el Patrimonio Cultural en el Líbano, denominada Taleeb.
Por otro lado, los registros del sector indican que cientos de recintos bibliotecarios públicos y privados, centros educativos, universidades, editoriales, fondos documentales, consistorios, recintos sagrados, fortalezas, mansiones históricas y entidades culturales se han visto perjudicados por la destrucción. Por este motivo, se ha impulsado la iniciativa denominada ‘Un millón de libros para el Líbano’ con el fin de reabastecer las estanterías vacías. El grueso de los daños se concentra en las regiones meridionales, el valle de la Becá en el este, y la capital. La librería Philosophia también sufrió las consecuencias de esta ofensiva. Su depósito quedó completamente calcinado, lamenta Tarhini ante este medio, detallando que allí se resguardaban manuscritos antiguos, volúmenes recopilados durante quince años y ediciones de gran valor bibliográfico, cuyas pérdidas materiales le resulta imposible calcular con exactitud. No hay hogar en el país que no lamente la pérdida de algún ser querido, por lo que al comprobar que los daños sufridos son exclusivamente materiales, las responsables consideran que pueden afortunadas, agrega.
A pesar de ello, la desaparición de estos espacios compromete elementos que trascienden las vivencias personales. El conflicto bélico no se limita a derribar construcciones y acabar con vidas, sino que arrasa los depositarios donde las comunidades resguardan su memoria colectiva, recalca Bekdache. Cuando un centro de lectura fenece, se esfuma una porción de la trayectoria vital de un individuo, de una familia y, frecuentemente, de toda una colectividad, matiza. Su propio archivo personal se remonta a dos centurias atrás, cuando su abuelo, un joven que laboraba junto a su progenitor en Damasco, ciudad donde nació, antes de fijar su residencia en Beirut, comenzó a recopilar ejemplares antes de 1900. Posteriormente, fue su padre quien prosiguió con esta labor a partir de 1944. Hadi rememora con precisión la fecha en que adquirió su primer volumen, en 1978, año desde el cual ha continuado ampliando este extenso fondo familiar originado en suelo sirio.
Este archivo se encuentra permanentemente amenazado a causa de las reiteradas incursiones militares de Israel contra la soberanía nacional, constata Bekdache. Su legado familiar se ha transformado en su principal propósito vital. En la actualidad, desde la plataforma que coordina, se encargan de catastrar los daños y evaluar qué elementos de las entidades culturales afectadas son susceptibles de restauración o rescate. Si se levantan nuevamente los edificios residenciales tras el conflicto, pero se omite la reconstrucción de los archivos literarios, qué modelo de sociedad se estará edificando, reflexiona. Este mismo interrogante ha sido formulado por escritores, vates, investigadores, creadores visuales, editores, bibliotecarios, documentalistas, académicos y agentes culturales que suscriben la proclama en defensa del legado cultural libanés y de la memoria colectiva frente a la ofensiva israelí.
Para los usuarios de la librería Philosophia que mantuvieron sus encargos durante el conflicto, los textos constituían mucho más que un simple pasatiempo, representaban un mecanismo terapéutico y de sanación, reconoce Tarhini. En aquel entonces, esta práctica se interpretaba asimismo como una forma de resistencia. Para la comunidad, los libros están exentos de culpa, mientras que para el bando adversario la literatura constituye una herramienta de combate, asevera la responsable del establecimiento. El hecho de mantener una población instruida, receptiva hacia otras civilizaciones y lenguas, genera recelo en Israel, motivo por el cual se responde mediante la lectura y los ejemplares impresos, añade. Tarhini evoca a ciertos integrantes de Hezbolá, descritos como personas cultas, que acudían a las tertulias y encuentros literarios organizados en el local. El último volumen analizado conjuntamente fue El Alquimista de Paulo Coelho, antes del fallecimiento de uno de ellos, recuerda con pesar.
La ofensiva israelí persigue la anulación del espacio para generar un vacío, mientras que la postura contraria consiste en rellenar dichos lugares con saber, argumenta Bekdache. El agresor propicia la supresión de la memoria libanesa, de manera similar a su actuación en la Franja de Gaza palestina, donde la anulación sistemática de registros, centros de lectura y escuelas alimenta las denuncias de destrucción identitaria. Por consiguiente, desde el territorio libanés se reivindica la resistencia cultural para impedir la privación de los mecanismos mediante los cuales una sociedad preserva y narra su propia historia. La supervivencia de un solo manuscrito permite que las generaciones venideras accedan a conocimientos que de otro modo se habrían perdido definitivamente, concluye Bekdache.