En tiempos de dificultades, hablar de esperanza puede parecer un ejercicio arduo. Sin embargo, en épocas de guerra, crisis económicas, desempleo y violencia persistente, es fácil caer en la tristeza, la desesperación y la angustia. Parece que sólo aquellos que carecen de perspectivas realistas podrían mantener una actitud positiva. Cuando alguien sugiere un enfoque optimista, puede generar cierta sospecha. No obstante, se trata de una postura razonable y constructiva, basada en la Ciencia de la Esperanza.
La Ciencia de la Esperanza es un estudio psicológico y neurobiológico que define la esperanza no como un simple deseo pasivo, sino como una capacidad activa y cultivable que impulsa la resiliencia y el cambio. Se trata de un plan de acción para establecer metas y objetivos que nos ayuden a mantener los pies en la tierra y a abordar la realidad con una visión realista, impulsándonos a una situación mejor.
Un enfoque equilibrado, ni demasiado ingenuo ni tan pesimista, implica reconocer que son frívolos sonreír ante todo y llorar siempre. Según C.R. Snyder, la esperanza se distingue del optimismo. Un optimista tiene una confianza general y amplia en que las cosas saldrán bien, a menudo basada en la suerte o factores externos. La esperanza, en cambio, implica una planeación de acciones concretas, requiere perseverancia y la convicción de que se puede construir el camino para lograr el cambio. Es una actitud nacida de dentro y construida en primera persona.
La esperanza se fundamenta en tres elementos esenciales: la capacidad de fijar objetivos claros y visualizables hacia el futuro; rutas o vías alternativas basadas en el pensamiento creativo para encontrar los caminos necesarios y sortear obstáculos para alcanzar dichos objetivos; y agencia, entendida como la fuerza mental o la creencia firme en la propia capacidad para influir en el destino y ejecutar el plan. Estos elementos son cruciales para impulsar la esperanza y transformarla en realidad.
La Ciencia de la Esperanza ha demostrado resultados concretos a través de la neurociencia, mostrando efectos físicos y respuestas observables. Aumenta los niveles de dopamina en el cuerpo, lo que otorga mayor energía mental y disposición para actuar. Disminuye el cortisol, lo que reduce los niveles de estrés y alivia la tensión física. Hay una sensación general de logro y bienestar que fortalece la salud mental, el manejo de la adversidad y la recuperación emocional.
Según la oficina de las Naciones Unidas, personas que viven con esperanza, especialmente en la infancia y la juventud, tienen más probabilidades de participar en un desarrollo comunitario positivo que en un comportamiento antisocial, incluido el consumo de sustancias. Para aplicar la Ciencia de la Esperanza, existen ejercicios útiles, como definir metas específicas y realistas, desarrollar un mapa de ruta con estrategias para superar obstáculos y mantener un lenguaje interno positivo y constructivo.
Al definir la meta, es crucial elegir un objetivo que dependa de nosotros y que sea específico y realista. En lugar de pensar en deseos abstractos como “quiero ser feliz”, se debe centrarse en acciones concretas. Por ejemplo, en lugar de “ojalá mi situación laboral mejore”, se propone “voy a actualizar mi currículum y postularme a tres vacantes este mes”. Dibujar un mapa de ruta que nos guíe paso a paso, identificar posibles obstáculos e imaginar posibles soluciones. Finalmente, activar nuestro combustible: redactar una nota de recordatorio de éxito que nos recuerde situaciones triunfales y que ilumine la memoria de logro.
Cuidar el lenguaje interno, darnos cuenta de cómo nos hablamos, ser amables y amorosos con nosotros e insistir en que tenemos herramientas para hacer que las cosas funcionen. La esperanza nos mueve hacia un futuro mejor, deseado y construido con lo que tenemos a la mano, gracias a la perseverancia y el compromiso. Este futuro emerge de la complejidad y el desafío, no se rinde ante la adversidad, sino que se enfrenta y supera.