Un nuevo estudio publicado en ACS Applied Polymer Materials propone un enfoque innovador para abordar el problema del plástico descartable: la creación de “plásticos vivos”, materiales capaces de degradarse a demanda.
No es que estos plásticos se descompondrían durante su uso, sino que podrían activarse en condiciones controladas. Los científicos están utilizando bacterias modificadas de Bacillus subtilis, conocidas por sus esporas extremadamente resistentes, para incorporarlas en el material.
Las esporas pueden ser inactivadas durante la fabricación y despertadas mediante una señal específica. En este caso, los investigadores mezclaron estas esporas con policaprolactona, un polímero comúnmente utilizado en impresión 3D y suturas quirúrgicas.
El resultado fue un plástico con propiedades similares a la película de policaprolactona convencional. Sin embargo, su degradación se activaría cuando las bacterias fueran despertadas mediante el suministro de un caldo nutritivo caliente a una temperatura de unos 50 grados Celsius.
Una vez activas, estas bacterias producirían dos enzimas que trabajarían conjuntamente para descomponer el plástico. La primera enzima rompería las cadenas poliméricas en fragmentos más pequeños, mientras la segunda enzima continuaría degradándolos hasta sus unidades básicas.
Este proceso permitió que el material se disolviera por completo en solo seis días, sin dejar partículas persistentes, algo crucial para reducir la contaminación de microplásticos. La descomposición fue tan efectiva que no dejó residuos ni fragmentos de plástico.
Los investigadores también llevaron a cabo una prueba práctica: fabricaron un electrodo portátil de plástico y luego lo activaron, permitiendo que se degradara por completo en aproximadamente dos semanas. Sin embargo, aún queda por ver si este material puede descomponerse en condiciones naturales.
La investigación sigue avanzando, con el objetivo principal de encontrar una forma de activar las esporas en agua, ya que gran parte del plástico contaminante termina ahí. Aunque el estudio se centró en un solo polímero, la estrategia podría aplicarse a otros plásticos utilizados para productos de corta vida.
Este enfoque busca resolver un problema fundamental: si algo es usado por poco tiempo, no debería durar siglos. La idea es promover la creación de materiales que se descompongan naturalmente al finalizar su ciclo de vida útil.